Entre emociones encontradas, cambios que asemejan ganancias y significados nuevos para darle al propósito diario, el Colegio Calasanz Cúcuta los recibe una vez más con los brazos abiertos.
Los estudiantes de diferentes edades ingresan por las puertas correspondientes, las cuales los han visto crecer, contando historias de abrazos dados en el momento preciso, caras largas cuando se acentúa la pereza, corridas de último minuto y alegrías por las oportunidades que el Señor les regala cada día. Pero, sobre todas esas cosas, las paredes de esta institución presencian y destacan el cariño que yace en cada uno de los corazones de aquellos que cumplen con su vocación, deber o misión en el mundo, quienes no solo vienen a desempeñar una labor como alumnos, educadores o administrativos, sino que, de igual forma, van dejando huella por donde pasan, buscando lo mejor de sí mismos y poniéndolo al servicio de los demás.
Por ello, en un día como este, catalogado numéricamente como el 20 de febrero, los sentimientos positivos afloran al presenciar reencuentros, charlas sobre las increíbles aventuras que trajeron consigo las vacaciones y la presencia física de esas personas que no necesitan estar al lado de los demás para sentirse cerca, muy cerca.
Sin embargo, esta vez, la sorpresa se abrió paso entre el poco espacio que quedaba en los pasillos, en el instante en que los niños y los jóvenes se percataron de que el horario habitual del primer día de clase no era el mismo y que la bienvenida que les habían ofrecido las diversas personas que se formaron en línea para simular un camino se había sentido como esa curita al corazón que a veces se ausenta, aunque ellos pocas veces lo admitirían.
Posteriormente, las listas llenas de nombres, que se sostenían con revoluciones escondidas sobre los ladrillos de los salones, marcaron un fin y un comienzo entre todo lo conocido, retando así a los estudiantes a reconocer los rostros de sus nuevos compañeros, socializar con personas que antes pasaban desapercibidas y salir de su zona de confort para demostrarse a sí mismos que, a pesar de que toda decisión simboliza una pérdida, aquello que es real nunca muere.
Entonces fue allí donde se explicó detalladamente el significado del lema Peregrinos de esperanza, el cual es una invitación del Santo Padre Francisco (2025) para “mantener encendida la llama de la esperanza que nos ha sido dada y hacer todo lo posible para que cada uno recupere la fuerza y la certeza de mirar al futuro con mente abierta, corazón confiado y amplitud de miras”. Esto representa no solo una coincidencia frente a las emociones de nostalgia que algunos alumnos experimentaron al ser separados de sus amigos, sino también una confianza continua y regente en la voluntad de Dios, en sus planes perfectos y en la certeza de saber que Él nunca los desampara.
Finalmente, llevándose consigo sentimientos de rebeldía a causa de planes que no estaban preparados para encontrarse, los estudiantes, de igual forma, salieron expectantes por ver, a unos pasos de distancia, esa lucecita que brilla al final del túnel y que les demuestra que, ante todo pronóstico, la esperanza es lo último que se pierde, porque cada mañana, al abrir los ojos, es una nueva oportunidad para observar las cosas de forma diferente y darse cuenta de que pueden esperar en Cristo para, de esta forma, ser luz para quienes ya no diferencian los colores.
Escrito por: Mayra Kamyla Oliveros Delgado.
